domingo, febrero 13, 2011

Diario del fin del mundo 1

Hace un tiempo me puse a escribir esto. Lleva un tiempo parado, pero me gustaría retomarlo. Y lo cierto es que me vendría bien que me digáis qué os parece, porque quizá me anime a seguir escribiendo :)

Allá va:


DIARIO DEL FIN DEL MUNDO

31 octubre

Es 31. Halloween. Parece una broma. He encontrado esta libreta, diario, lo que sea. Debo estar volviéndome loca. Tenía que ocurrir tarde o temprano. Uno no puede durar mucho en esta situación sin que se le salte un tornillo.

Nadie va a leer esto, de todas formas. Llevo dos meses sin cruzarme con nadie. O bien se han muerto todos -o casi todos- o han encontrado un lugar seguro y soy la única idiota que no se ha puesto a cubierto. Si es así, hola, esto es mi testamento. Soy la puta Anna Frank del holocausto zombi. E, ironías de la vida, también me llamo Anna.

Echo de menos la música y los botones pequeños de mi mp3. Echo de menos los rollitos de primavera. Echo de menos un colchón y, demonios, lo que más echo de menos es una puta ducha caliente.

Lo más jodido de toda esta situación, en lo que se refiere al día a día, no es estar en el maldito apocalipsis. No. Lo más duro es el agua. Poder encontrar agua. Tras la infección, el ejército decidió usar armas biológicas para tratar de detener a esas cosas. Obvio está, no lo consiguieron, y a los que vivieran aquí los jodieron bien jodidos. Si el agua es amarillenta, olvídate de beber. Es una mierda.

Estoy esto escribiendo esto subida a un árbol. Son el único lugar donde me siento a salvo. O en un edificio lleno de cerrojos, pero que tenga una salida de emergencia a mano. Esos cabrones entran por todas partes. Como las termitas, las hormigas, o cualquier infección de bichos en una casa. Hace un año no sabía trepar a los árboles. Es curioso de lo que es capaz uno cuando tiene necesidad. Imaginad cualquier cosa extremadamente asquerosa, innecesaria o vergonzosa y acertareis de lleno. ¿Irónico? No sabéis cuánto.

Recuerdo cuando empezó esto. Estaba en la universidad. Primer curso. Literatura. Al principio, las noticias hablaban de una epidemia en un país lejano, uno de esos que salen más en National Geographic que en documentales de turismo. Sólo era una epidemia más como la terrible tripe A, o un brote de varicela. Hasta que aquello se extendió. Encerraron a los infectados, pero como podéis adivinar, no, no funcionó.

Recuerdo las zonas acordonadas, la vigilancia, el toque de queda, la falsa seguridad. No estábamos a salvo, pero nuestras mentes acomodadas del primer mundo insistían en autoconvencerse de que todo iba a ir bien. No podíamos estar más equivocados.

No pude llegar a casa. Cortaron los vuelos, los trenes, las carreteras. El terror aumentaba a cada estación de radio que ya no podíamos sintonizar. El pánico explotó cuando los canales de televisión nacionales desaparecieron también. El teléfono tampoco funcionaba, por saturación. Estábamos aislados. La gente se volvió loca. Los más afortunados pudieron encontrarse con sus familias. Quizá algunos sigan vivos, escondidos en algún lugar seguro. Yo no he vuelto a ver a ninguno de mis amigos ni compañeros de clase, por tanto no hablemos de familia.

Espero que nadie me encuentre esta noche. Ni vivo, ni muerto.

1 noviembre

Sé la fecha por un reloj digital de muñeca que encontré hace como un mes. Es inútil, pero en cierta manera me tranquiliza saber en qué día vivo. Corrijo: saber que me he escapado un día más de esos cabrones es lo que me anima a seguir. No es que nadie me vaya a dar una palmadita en la espalda al final, pero es como el del chiste, el de los indios que van a hacerse una balsa con su piel y se clava un tenedor por todas partes en plan "a ver si ahora tenéis cojones". Sí, sé que es absurdo, pero me anima a no rendirme. Ha pasado casi un año desde que lo de la infección, o lo que sea, llegase.

Ya no hay horarios. Es una estupidez llevar el reloj. Comes cuando tienes hambre, si es que tienes algo que comer. Duermes cuando tienes sueño, si encuentras un lugar seguro. El resto del día es corre, corre, corre.

Me estoy acercando de nuevo a una ciudad. He pasado semanas de pueblo en pueblo. Son más seguros. Pero necesito algunas cosas. Necesito un centro comercial. Necesito un abrigo, alguna manta de viaje o algo así. Latas de comida.

Hoy he visto árboles frutales. Tengo la mochila llena de manzanas y naranjas. Yo odiaba las manzanas. He estado a punto de llorar al encontrarlas. Es un ejemplo de cuánto han cambiado las cosas. Yo era una chica bastante sedentaria y caprichosa. Si sólo pudiera sacarme una foto ahora. No me reconozco en mi reflejo. No sólo es mi cuerpo, también mi pelo. Hace ya tiempo descubrí que si te rodean pueden agarrarte por cualquier lado. Entre ellos, la coleta. Así que me corté el pelo todo lo que pude. Si alguien me viera pensaría que soy un chico. Ojeras, piel seca, irritada del frío. Mis pecas resaltan más que nunca.

Y nunca me había sentido más viva.

2 noviembre

El cartel dice que quedan cinco kilómetros para entrar en la ciudad. El silencio es horrible. Es bueno, el silencio, porque sabes que nada se te aproxima, pero entonces te das cuenta de que eres tú quien hace ruido, que estás solo. Y es horrible. Y te mueres de miedo.

He encontrado conservas en un par de casas. Y leche en polvo. La puerta del adosado donde me he quedado a pasar la noche estaba abierta. La he registrado, ni un alma. El cerrojo funciona. No estaría mal pasar un par de días aquí. Tienen un tanque de agua. He podido bañarme. El agua estaba helada, pero ¿a quién le importa? Necesitaba una maldita ducha desde hace semanas.

No parece haber estado habitado en un buen tiempo. Hay polvo por todos lados y no hay huellas de nadie. La puerta estaba totalmente abierta, de par en par. No parece que hubiera entrado nadie, ni siquiera a buscar comida.

He atrancado la puerta de la habitación, voy a tratar de dormir un poco.

3 noviembre

Había uno de esos cabrones en la casa, un hombre. Estaba muy débil, le faltaba una pierna. Intentaba entrar por la puerta que atasqué. No parece haber ninguno más. He cerrado bien la puerta exterior y registrado cada resquicio. Quizá estaba en el ático. No he subido a mirar. Por si acaso, también he atascado esa puerta.

Aquí vivía una mujer. Me ha venido bien, tiene ropa y cosas de higiene. Y también hay un buen botiquín. Vendas, yodo, analgésicos, antibióticos... Parece que esta gente quiso refugiarse. No lo hicieron demasiado bien, eso está claro.

La gente estaba equivocada. Refugiarse no funciona. No durante mucho tiempo. El ruido los atrae. Esconderte y hacer una vida normal es firmar tu sentencia de muerte. Los que quedamos, si es que queda alguien más, lo sabemos muy bien.

Voy a empaquetar antes de dormir. El invierno se acerca y se nota, cada vez anochece antes.

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